Al cumplirse ya el XXII aniversario de la constitución de la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano, no podemos evitar comparar nuestro entorno actual y el contexto global en que la Fundación Arias desempeña sus actividades, con aquel en el que iniciamos nuestros pasos en 1987. A lo largo de este tiempo el planeta se ha transformado de manera asombrosa en casi todos los campos de la actividad humana.

Hemos visto florecer las oportunidades, hemos cosechado adelantos científicos, tecnológicos y culturales absolutamente impensables. Sin embargo, también hemos visto surgir con pesar, aunque sin abandonar nunca la esperanza, viejos fantasmas de la humanidad que ya deberíamos haber desterrado de nuestra tierra: la violencia y el hambre, la ignorancia y la enfermedad prevenible, los prejuicios y la desigualdad de oportunidades, el militarismo y el armamentismo. Más grave aún, tras el fin de la Guerra Fría, asistimos al surgimiento de nuevas formas de terror, intolerancia y opresión o, en todo caso, al resurgimiento de algunas que suponíamos superadas y olvidadas para siempre. Lejos de desanimarnos, todo ello debe impulsarnos a actuar con mayor determinación y entrega, pues en nuestro empeño por construir la paz y la justicia, aplica aquella frase que sobre otro tema escribiera Immanuel Kant, "si no avanzamos, retrocedemos".

Esto es lo que la Fundación Arias ha hecho desde su origen y continúa haciendo hasta el día de hoy. Ciertamente, hemos aprendido sobre la marcha. Los veintidós años de experiencia con que contamos son hoy nuestra mayor ventaja. Así, por ejemplo, sin renunciar a temas capitales para la Fundación Arias, como la desmilitarización y el desarme, hemos introducido otras preocupaciones que asfixian cotidianamente a los hombres y mujeres de la mayor parte del mundo: la creación de oportunidades para el desarrollo mediante la educación, la incidencia en políticas públicas y el fortalecimiento democrático, o bien la inseguridad ciudadana y la violencia en nuestras ciudades y en nuestros hogares.

Somos miembros de una minoría privilegiada. Nuestras privaciones han sido pocas, nuestros beneficios han sido siempre abundantes. Nos hemos alimentado plenamente del milenario acervo de cultura y conocimiento que proporciona la historia de la humanidad. Por eso sabemos que es nuestro deber permitir que cada vez más personas transiten con nosotros por esta senda, que cada vez menos personas vean para sí vedadas las puertas de un reino de mayor justicia, de mayor equidad, de mayor conocimiento, de mayor salud, de mayor seguridad, de mayor solidaridad y, sobre todo, de mayor paz y libertad.

A este empeño seguiremos dedicando nuestro entusiasmo y lo mejor de nuestras energías. Esperamos ser juzgados no por los errores que a lo largo de este tiempo hayamos cometido, no por aquellas tareas que pudimos haber hecho mejor, sino por los logros que ciertamente hemos alcanzado, por las sonrisas que hemos cosechado, por la paz que hemos pregonado y, principalmente, por el espíritu de lucha sin pausa y sin descanso que nos ha animado a lo largo de todos nuestros días.

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